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Hace muchos años descubrí el enorme valor de las palabras. No soy, por tanto,  extraño para que en muchos momentos de mi vida, sea por los acontecimientos vividos o por esas cosas que sólo el azar podría explicar, mis dedos, a través del papel o del teclado, ardan. Es como si una gran fuerza interior se viera en la necesidad de salir de mí, de expresarse a través de las letras y mis dedos queman…necesitan enfriarse en su contacto con el teclado mientras derraman sobre el papel virtual mucho de lo que encierro dentro.

Hace unos días me ocurrió algo de eso, mis dedos no podían parar y aprovechaban cualquier hueco del día para aposentarse sobre el teclado, como si temieran que si el reloj seguía avanzando, llegara un momento que esas vivencias que quería expresar pudieran olvidarse o simplemente disolverse con lo que esas palabras pudieran morir, antes de nacer.

Tras muchas folios tecleadosllegué al punto final y, entonces, mis dedos agotados de tanto esfuerzo parecieron quedar exhaustos y sin saber muy bien que hacer, a partir de ese momento, para recuperar sus funciones habituales. ¿Qué podría hacer con ellos durante un tiempo para desintoxicarme de tantas letras? Y pensé:

- Hacer pajaritas de papel.

-Dibujar caricias en una piel amiga.

-Hacer nudos en una cuerda.

-Señalar hacia las estrellas.

-Hacer sombras  en la pared.

-Pasar las hojas de un libro.

-Bailar con un bolígrafo sobre la superficie de un papel.

-Explotar pompas de jabón.

-Espantar moscas.

-Chuperretear una tarta de chocolate.

-Salpicar agua en un día de calor.

¿Y tú? ¿Qué podrías hacer con los dedos?

En fin, la vida…

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